En el quinto capítulo de la encíclica Laudato si', el papa Francisco nos ofrece algunas pistas para dar solución a los problemas que trata en los capítulos anteriores. Abarca desde el punto 163 hasta el 201 y está dividido en cinco apartados.

(164 – 175)

Si queremos sentir el planeta como una sola patria y a la humanidad como un pueblo, hay que procurar que las soluciones tengan una perspectiva global, y no solo en defensa de los intereses de algunos países. Francisco nos indica que la política y la empresa reaccionan con lentitud. Las negociaciones internacionales no pueden avanzar hacia las posiciones de los países que anteponen sus intereses nacionales al bien común.

Son llamativas algunas estrategias para la reducción de los gases de efecto invernadero, ya que pueden imponer compromisos muy pesados a los países con menos recursos. De esta manera, se agrega una nueva injusticia envuelta en el ropaje del cuidado del medio ambiente. Como siempre, dice el papa, el hilo se corta por lo más débil. La reducción de este tipo de gases requiere honestidad, valentía y responsabilidad, especialmente de los más ricos.

Por otra parte, los países pobres necesitan tener como prioridad la erradicación de la miseria y el desarrollo social de sus habitantes. Ahora bien, es indispensable que también analicen el escandaloso nivel de consumo de algunos privilegiados dentro de su propia población, así como deben controlar la corrupción.

(176 – 181)

En una reflexión acerca de la política de cada país y región, Francisco nos indica que el inmediatismo político provoca la necesidad de producir crecimiento a corto plazo. Los gobiernos no se exponen a irritar a la población con medidas que puedan afectar al nivel de consumo o poner en riesgo de inversiones extranjeras. Además, las leyes no son suficientes cuando existe corrupción. Hacen falta políticos valientes presionados por la población.

En lugar de centrarse en lo que no es posible realizar, Francisco enumera una lista de cosas que sí se pueden hacer: ahorrar energía, modificar nuestro consumo, economizar los residuos y reciclar, proteger a las especies, diversificar la agricultura… Termina el apartado indicando que las políticas no se pueden modificar cada vez que cambia un gobierno. Tiene que haber continuidad pensando en el bien común a largo plazo.

(182 – 188)

Para tomar decisiones que mejoren la situación de un modo definitivo hace falta transparencia. La corrupción esconde el verdadero impacto a cambio de favores; es necesario acabar con ella. Cada vez que se quiera emprender una actividad económica habrá que preguntarse: ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿De qué manera? ¿Para quién? ¿Cuáles son los riesgos? ¿A qué costo? ¿Quién paga los costos y cómo lo hará?… todo ello tiene que tener en cuenta al medio ambiente. No se trata de oponerse a cualquier innovación tecnológica, ni mucho menos; lo que Francisco nos dice es que la rentabilidad no puede ser el único criterio a tener en cuenta. La Iglesia no pretende definir cuestiones científicas ni sustituir a la política, pero tiene que existir un debate honesto y transparente para que las necesidades particulares o las ideologías no afecten al bien común.

(189 – 198)

La política no debe someterse a la economía; la economía debe estar al servicio de la vida, especialmente de la vida humana. La salvación de los bancos a toda costa reafirma un dominio absoluto de las finanzas, que no tiene futuro y que sólo podrá generar nuevas crisis. La crisis del 2007/2008 era la ocasión para desarrollar una nueva economía, pero no hubo reacción. ¿Es realista esperar que quien se obsesiona por el máximo beneficio se detenga a pensar en los efectos ambientales que dejará a las próximas generaciones?

Al plantear estas cuestiones, muchos dicen que se pretende detener el progreso. No es verdad, hace falta perder la estrechez de miras y desarrollar tecnología más allá del consumo, que resuelva problemas en lugar de crear otros nuevos. Un desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida superior para todos no puede considerarse progreso, aunque se disfrace bajo campañas de marketing e imagen.

Al preguntarse por la política, se llega a la conclusión de que en el modelo actual no parece tener sentido invertir para que los lentos, débiles o menos dotados puedan abrirse camino en la vida. Además, la política es responsable de su propio descrédito, por la corrupción y por la falta de buenas políticas públicas.

Para terminar el apartado, dice Francisco que la política y la economía tienden a culparse mutuamente por lo que se refiere a la pobreza y a la degradación del ambiente. Hay que reconocer los propios errores y encontrar formas de interacción orientadas al bien común.

(199 – 201)

El último apartado del capítulo dice que la mayoría de personas del planeta se declaran creyentes. Hace falta entrar en diálogo entre las diferentes religiones acerca del cuidado de la naturaleza y la defensa de los pobres, creando redes de respeto y fraternidad.

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