La raíz humana de la crisis ecológica es el título que lleva el tercer capítulo de la encíclica Laudato si' del papa Francisco. Comprende desde el punto 101 hasta el 136 y está dividido en cuatro apartados.

El punto número 101 sirve a modo de introducción y nos hace caer en la cuenta de que no basta con describir los síntomas de la crisis ecológica, hay que entender que el ser humano tiene mucho que ver; comenta de pasada el paradigma tecnocrático.

El primer apartado abarca desde los puntos 102 al 105 y habla sobre la tecnología. Nos dice Francisco que es justo alegrarse ante los avances tecnológicos y entusiasmarse frente a las grandes posibilidades que nos ofrecen, pero que puede llevarnos a una encrucijada. El ser humano ha modificado la naturaleza desde sus inicios, y la tecnología ha remediado innumerables males que dañaban y limitaban al ser humano. Además, la ciencia y tecnología no solo produce cosas útiles o valiosas, sino también bellas.

Ahora bien, cuando algunas tecnologías se concentran en manos de unos pocos puede suponer una enorme acumulación de poder: energía nuclear, biotecnología, informática, modificación del ADN humano… El papa nos lanza una pregunta: ¿en manos de quiénes está y puede llegar a estar este poder? Es muy peligroso que resida en una pequeña parte de la humanidad.

Para finalizar el apartado, el punto 105 indica que se tiende a creer que todo incremento del poder constituye, sin más, un progreso, como si la realidad, el bien y la verdad brotaran espontáneamente de lo tecnológico y lo económico. Llama la atención que el inmenso crecimiento tecnológico no ha estado acompañado de un desarrollo en responsabilidad, valores o conciencia. Falta una ética sólida, una cultura y una espiritualidad que pongan límites al uso de ese poder.

A partir del punto 106 comienza el segundo apartado, dedicado a la globalización del paradigma tecnocrático.

Hagamos un inciso para describir este paradigma tecnocrático. En palabras sencillas, sería algo así: A mayor progreso científico, mayor desarrollo tecnológico; a mayor desarrollo tecnológico, mayor crecimiento económico; y a mayor crecimiento de la economía, mayor bienestar social que, a su vez, llevaría al progreso científico porque más personas podrían acceder a los estudios y la investigación. Esto se ha demostrado falso o, por lo menos, incompleto.

El ser humano siempre ha modificado la naturaleza, pero se adaptaba a los límites que encontraba. Hoy día, lo que interesa es extraer todo lo posible de las cosas; el ser humano tiende a ignorar la realidad de lo que tiene delante. De ahí nace la idea de un crecimiento infinito o ilimitado que ha entusiasmado tanto a economistas, financistas y tecnólogos y ello ha provocado estrujar al planeta hasta el límite.

El papa afirma que en el origen de muchas dificultades del mundo actual está este pensamiento surgido del paradigma que explicábamos.

Los objetos producidos por la técnica no son neutros, condicionan nuestros estilos de vida y nos empujan en la línea de los intereses de determinados grupos de poder; acabamos vistiendo como nos dicen, divirtiéndonos como nos sugieren, etc… Si queremos cambiar las cosas no podemos ver la técnica como un mero instrumento, porque se ha vuelto tan dominante que es muy difícil prescindir de sus recursos, y más difícil todavía utilizarlos sin ser dominados por su lógica. Es decir, la lógica cristiana no se puede dejar arrastrar por la lógica tecnocrática.

Este paradigma condiciona la vida de las personas y el funcionamiento de la sociedad. Además, ejerce su dominio sobre la economía y la política.

La economía mira el desarrollo tecnológico en función del beneficio, sin prestar atención a las consecuencias negativas para el ser humano que se pudieran derivar. Algunos dicen que la economía y la tecnología resolverán todos los problemas ambientales. Pero el mercado, por sí mismo, no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social.

En el punto 110 vemos que no debemos buscar miles de soluciones a cada pequeño problema que surja, porque todo está relacionado, y así sólo escondemos los verdaderos y más profundo problemas del sistema mundial.

En el último punto del apartado, Francisco nos indica que la gente ya no parece creer en un futuro feliz, que no confía ciegamente en un mañana mejor porque toma conciencia de que el avance de la ciencia y de la técnica no equivale al avance de la humanidad y de la historia. Sin embargo, la misma gente tampoco se imagina renunciando a las posibilidades que ofrece la tecnología. Nos invita a tomar conciencia de la urgencia de avanzar en una revolución cultural, para la que hace falta valentía, porque la ciencia y la tecnología no son neutrales.

Para terminar el segundo apartado, el papa resalta que no se trata de volver a la época de las cavernas, pero que sí se hace necesario aminorar la marcha para poder mirar la realidad de otra manera.

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