El capítulo segundo de la encíclica Laudato si', del papa Francisco, lleva por título “EL EVANGELIO DE LA CREACIÓN” y abarca desde los puntos 62 al 100. El capítulo comienza preguntándose: Si el documento está dirigido a creyentes y no creyentes, ¿por qué incluir un capítulo referido a convicciones creyentes? Después de eso, el capítulo se divide en siete apartados.

El primer apartado es muy corto (63 – 64). Se titula “La luz que ofrece la fe” y básicamente indica que ninguna ciencia ni sabiduría debe ser dejada de lado para construir una ecología que nos permita sanar todo lo que hemos destruido. Forma parte de la fe cristiana alabar a Dios y cuidar la naturaleza.

Durante 10 puntos (65 – 75), el segundo apartado reflexiona acerca de la Sabiduría acumulada en los relatos bíblicos. Relatando el libro del Génesis, Francisco nos recuerda que cada ser humano es creado por amor, hecho a imagen y semejanza de Dios, y que ello nos muestra la inmensa dignidad de cada persona humana, que no es solamente algo, sino alguien. A su vez, indica que la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales: con Dios, con el prójimo y con la tierra. La ruptura de cualquiera de esas relaciones es lo que conocemos como pecado, que se manifiesta en las guerras, la violencia y el maltrato, el abandono de los más frágiles o los ataques a la naturaleza.

Valiéndose de otros libros de la Biblia, el papa nos recuerda que no somos Dios. El ser humano no puede tratar la creación como si le perteneciera, no puede desentenderse del resto de criaturas. La Iglesia Católica nos enseña que no podemos disponer de dichas criaturas a voluntad, porque tienen un valor en sí mismas y no están subordinadas al bien del ser humano. Además, no solo hay que cuidar la relación con la naturaleza, sino también con el vecino. La Biblia nos dice que cuando la justicia ya no habita en la tierra, toda la vida está en peligro. Todo está relacionado, y el cuidado de nuestra propia vida y la relación con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás.

Francisco hace un recorrido por diferentes libros de la Biblia para profundizar en la esperanza y la confianza en Dios, para recordarnos que la injusticia no es invencible. Teniendo a Dios como referencia de Padre Creador, el ser humano deja de pensar que es el único dueño del mundo.

Del punto 76 al 83 nos encontramos el tercer apartado, dedicado al misterio del universo. Su Santidad dice que la tradición judío-cristiana desmitificó la naturaleza; dejó de atribuirle un carácter divino. Cuando reconozcamos el valor y la fragilidad de la naturaleza, podremos terminar con el mito moderno del progreso material sin límites.

La fe nos permite interpretar el sentido y la belleza misteriosa de lo que ocurre en el universo. A partir de los relatos bíblicos, consideramos al ser humano como sujeto, que nunca puede ser reducido a la categoría de objeto.

Ahora bien, tampoco el resto de seres vivos son objetos que debamos dominar. La visión del más fuerte ha propiciado inmensas desigualdades, injusticias y violencia para la mayoría de la humanidad, porque los recursos pasan a ser del primero que llega o del que tiene más poder. El ganador se lo lleva todo. Las enseñanzas de Jesús están al lado contrario de este pensamiento.

El apartado número cuatro está formado por cuatro puntos y su título es “El mensaje de cada criatura en la armonía de todo lo creado”. La mejor idea para resumirlo es que Dios ha escrito un libro precioso cuyas letras son la multitud de criaturas presentes en el universo. El ser humano aprende a reconocerse a sí mismo en la relación con las demás criaturas, que existen en dependencia unas de otras para complementarse y servirse mutuamente. El papa copia el himno de San Francisco de Asís que da título a la encíclica: “Alabado seas, mi Señor, con todas tus criaturas…”. El descubrimiento de la presencia de Dios en la naturaleza estimula en nosotros el desarrollo de las “virtudes ecológicas”.

Otros cuatro puntos forman el apartado cinco, titulado “Una comunión universal”. Dios nos ha unido tan estrechamente al mundo que nos rodea, que la desertificación del suelo es como una enfermedad para cada uno, y podemos lamentar la extinción de una especie como si fuera una mutilación. Aunque esto no significa igualar a todos los seres vivos y quitarle al ser humano ese valor peculiar.

Francisco nos habla sobre la coherencia de las actitudes humanas. La defensa de los animales o la naturaleza no puede ignorar las desigualdades entre nosotros. Seguimos admitiendo en la práctica que unos se sientan más humanos que otros, como si hubieran nacido con mayores derechos. Es evidente la incoherencia de quien lucha contra el tráfico de animales en riesgo de extinción, pero permanece completamente indiferente ante la trata de personas, se desentiende de los pobres o se empeña en destruir a otro ser humano que le desagrada. Se requiere una preocupación por el ambiente unida al amor sincero hacia los seres humanos y a un constante compromiso ante los problemas de la sociedad. El papa nos recuerda que como tratemos a la naturaleza se reflejará en cómo tratemos a otros seres humanos.

El punto seis está dedicado al destino común de los bienes. Todo planteamiento ecológico debe incorporar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los más abandonados. Francisco nos explica algunos aspectos de la Doctrina Social de la Iglesia relacionados con la propiedad privada. El rico y el pobre tienen igual dignidad; quien se apropia de algo es sólo para administrarlo en bien de todos. Termina el apartado con una pregunta que se hacían los Obispos de Nueva Zelanda. Se preguntaron qué significa el mandamiento “no matarás” cuando un veinte por ciento de la población mundial consume recursos en tal medida que roba a las naciones pobres y a las futuras generaciones lo que necesitan para sobrevivir.

Por último, el séptimo apartado engloba todo lo explicado anteriormente desde la perspectiva de Jesús. Él les recordaba a sus discípulos cómo cada criatura era importante a los ojos de Dios (los lirios del campo, los pajarillos…). Jesús vivía en armonía con la creación y no apartado de ella. Santificó el trabajo y le otorgó un peculiar valor para nuestra maduración. Para finalizar, Su Santidad nos recuerda que, después de la resurrección, Jesús impregna con su luz a toda la creación. Y de ahí viene el título del capítulo.

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