El primer capítulo de la encíclica Laudato si' lleva por título "Lo que le está pasando a nuestra casa”, y abarca desde el número 17 hasta el 55. A su vez, está dividido en una breve introducción y siete apartados.

La introducción dice que las reflexiones sobre la situación de la humanidad y del mundo pueden sonar a mensaje repetido, pero que es fundamental hacer un recorrido por lo que le está pasando a nuestra casa común. El objetivo no será recoger información, sino tomar dolorosa conciencia de la situación.

El primer apartado trata sobre la contaminación y el cambio climático, y se encuentra, a su vez, dividido en dos sub-apartados. Fundamentalmente, dice lo siguiente:

(20 - 22)

- La contaminación suele afectar a los más pobres, aunque hay problemas que nos afectan a todos. La tecnología a veces resuelve un problema creando otros.

- La acumulación de residuos es tan grande que la tierra parece un depósito de porquería. Muchas veces, se toman medidas cuando los efectos son irreversibles.

- Estos problemas están íntimamente relacionados con la cultura del descarte, que afecta tanto a seres humanos excluidos como a las cosas, que rápidamente se convierten en basura. Se observan escasos avances para cambiarlo.

(23 - 26)

- El clima es un bien común, de todos y para todos. La humanidad debe tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios en los estilos de vida, de producción y de consumo.

- El calentamiento global afecta a todo el planeta: selvas, casquetes polares, océanos… Es un problema mundial. Los peores impactos los recibirán los países en desarrollo durante las próximas décadas, ya que no tienen los medios para adaptarse a los cambios tan bruscos.

- No nos sentimos responsables de su situación. Quienes tenemos más recursos y los poderosos, nos concentramos en enmascarar los problemas u ocultar los síntomas.

En el segundo apartado, Francisco aborda la cuestión del agua. El nivel actual no es sostenible, ya que resulta inaudito nuestro hábito de gastar y tirar. El agua potable y limpia representa una cuestión de primera importancia, y la pobreza del agua social se da especialmente en África, cuyo problema más serio es el de la calidad del agua disponible para los pobres, que provoca muchas muertes todos los días.

Francisco llama la atención sobre el hecho de que hay una tendencia a privatizar el agua y a regularla según las leyes del mercado, y considera que el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal.

Sin agua, no hay vida. Negarles el agua a los pobres es negarles el derecho a la vida. Concluye diciendo que la escasez de agua provocará el aumento del precio de alimentos y otros productos, y que será fuente de conflicto porque el control del agua recaerá en empresas mundiales.

Durante el tercer apartado, dedicado a la pérdida de la diversidad de los seres vivos, nos indica que hacemos uso de la tierra según criterios de economía y actividad comercial y productiva que solo piensan en el ahora (formas inmediatistas). Su Santidad nos recuerda que hay que respetar a las especies por lo que son, y no tratarlas como recursos explotables.

El punto 34 dice que nos es más sencillo entender la importancia de un ave o un mamífero porque son más visibles, pero que todas las especies son importantes para el conjunto de los ecosistemas: algas, gusanos, hongos, insectos… Al papa le llama la atención que destruimos la naturaleza al mismo tiempo que inventamos nuevos artilugios; le parece que pretendiéramos sustituir una belleza irremplazable e irrecuperable, por otra creada por nosotros mismos.

Cuidar los ecosistemas implica mirar más allá de lo inmediato, del beneficio económico rápido y fácil. Los daños son mayores que los beneficios.

Continúa indicando diferentes problemas en el mundo, como en el Amazonas y otras selvas, o los océanos. En el último punto del apartado, advierte sobre la necesidad de invertir mucho más en investigación para entender mejor el comportamiento de los ecosistemas.

El apartado número cuatro lo dedica al deterioro de la calidad de la vida humana y a la degradación social. Reflexiona sobre los efectos de la cultura del descarte en las personas. Se puede encontrar una ciudad bella y llena de espacios verdes bien cuidados en algunas áreas “seguras”, pero no tanto en zonas menos visibles, donde viven los descartables de la sociedad. El progreso y crecimiento de los dos últimos siglos no ha supuesto una mejora de la calidad de vida para todos. No ha sido un verdadero progreso. Además, los medios digitales no contribuyen a la reflexión cuando nos saturan de información (contaminación mental) o reemplazan las relaciones reales con los demás.

A partir del punto 48, se nos advierte acerca de la desigualdad planetaria. Los efectos medioambientales son peores para los más pobres, que dependen mucho más directamente de la naturaleza y no pueden adaptarse a su destrucción. Los medios de comunicación y los formadores de opinión hablan desde la comodidad de los países desarrollados, por lo que les cuesta hacernos partícipes del sufrimiento de otros pueblos. Indica que los planteamientos ecológicos, hoy día, no pueden olvidar la cuestión social. Hay que escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres.

También se habla sobre falsas soluciones que no tratan el problema y sobre el aprovechamiento de los países del norte de los recursos del sur. Las grandes multinacionales hacen en los países pobres lo que no les dejan hacer en sus propios países. Es responsabilidad nuestra, de quienes más podemos, atender las necesidades de los que menos pueden. No hay espacio para la globalización de la indiferencia.

El punto seis está dedicado a la debilidad de las reacciones. Llama la atención que las decisiones políticas estén sometidas a la tecnología y a las finanzas. Se pierde de vista el bien común. La alianza entre la economía y la tecnología termina dejando afuera lo que no forme parte de sus intereses inmediatos y cualquier intento por modificar las cosas será visto como una molestia provocada por ilusos románticos. Se ha divinizado al mercado y sus intereses. En este contexto, se prevén muchas guerras disfrazadas detrás de nobles reivindicaciones.

La encíclica termina con el punto siete, en el que se comentan las diferentes opiniones que se han generado sobre la cuestión medioambiental. Desde los que creen que la tecnología lo salvará todo hasta los que dicen que el ser humano debe cesar sus actividades. La Iglesia no debe proponer una palabra definitiva, pero sí escuchar y promover el debate honesto y el diálogo. Siempre hay una salida.

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Introducción.

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