En este video vamos a iluminar la dignidad de la persona a partir de la DS, según las enseñanzas de la Iglesia Católica.

San Juan Crisóstomo es un santo de finales del siglo IV, reconocido como Doctor de la Iglesia, es decir, alguien cuyas enseñanzas han ayudado a construir la Iglesia. En una carta, decía lo siguiente: “Cuando veas a un pobre no pases de largo. Piensa más bien lo que serías tú en su lugar. […] Piensa que él es libre como tú y participa de tu misma dignidad. […] A ése, que no te es inferior en nada, lo valoras con frecuencia en menos que a tus perros: pues ellos se hartan de pan mientras el otro duerme con frecuencia muerto de hambre”. Esta carta tiene más de 1500 años y, para nuestra sorpresa, no ha perdido su significado.

En toda la Doctrina Social de la Iglesia, la persona humana ocupa siempre el centro y considera que nada debe quitarle la dignidad: ni el dinero, ni los bienes materiales, ni otras personas. Y esto se basa en la idea de que la persona es creada a imagen y semejanza de Dios. ¿Podemos arrebatar la dignidad a Dios? Entonces, ¿por qué sí a las personas?

La persona humana, que tiene derechos y deberes, está en el centro de la Doctrina Social de la Iglesia. “La Iglesia no se cansará nunca de insistir sobre la dignidad de la persona humana, contra todas las esclavitudes, explotaciones y manipulaciones perpetradas en perjuicio de los hombres, no solo en el campo político y económico, sino también en el cultural, ideológico y médico” (Orientaciones para el estudio y enseñanza de la Doctrina Social de la Iglesia en la formación de los sacerdotes, Congregación para la Educación Católica).

En 1891, León XIII escribía en su encíclica Rerum novarum: “en la protección de los derechos […] se habrá de mirar principalmente por los débiles y pobres”. San Juan XXIII nos recuerda en el documento Pacem in terris: “una convivencia bien organizada, exige que se reconozcan y respeten los derechos mutuos”. Y Gaudium et spes, un texto del Concilio Vaticano II, dice así: “Es el hombre, todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad, quien centrará las explicaciones […], porque el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la propia sociedad están mutuamente condicionados”.

Como vemos, la Iglesia se preocupa en sus enseñanzas de remarcar que si no se cuida el desarrollo de las personas, las sociedades no crecerán adecuadamente. Si las personas no aprenden y se educan, tendremos una sociedad inculta; si no se fomenta el amor, la sociedad será egoísta y sorda a la injusticia social. Los católicos tenemos que participar en nuestra sociedad para conseguir que todo el mundo se desarrolle por igual, y en todos los ámbitos, no solo en el económico. Pablo VI, dice sobre la Iglesia: “propone lo que ella posee como propio: una visión global del hombre y de la humanidad”.

¿Y cómo puede una persona obtener su propia dignidad? Pues tal y como nos recuerda San Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens, a través del trabajo, por ejemplo. Negar el trabajo al ser humano, es no permitirle que goce de los frutos conseguidos con su esfuerzo. Juan Pablo II mira el trabajo, al ser humano y su dignidad, a raíz de los textos del Génesis, donde Dios le encomienda la tarea de trabajar. Y en su encíclica Centesimus annus, cuando habla sobre los católicos que se esfuerzan por poner en práctica la Doctrina Social de la Iglesia, dice que es “un gran movimiento para la defensa de la persona y para la tutela de su dignidad”.

Pero para entender la dignidad humana, hay que considerar que la persona tiene tanto derechos como deberes. Clemente de Alejandría, un padre de la Iglesia del siglo II, lo expresaba con claridad: “Nadie tiene derecho a lujos y deleites extraordinarios mientras haya en el mundo seres humanos que viven en la miseria privados de lo necesario”. Y San Juan Crisóstomo escribía unos siglos después: “Tuve hambre y no me disteis de comer. ¿Qué corazón no se conmoviera con esa palabra, aunque fuera de piedra? Tu Señor anda por ahí muerto de hambre y tú dándole a la gula”.

Pero la Iglesia Católica pone el acento en algunos derechos más que en otros, porque considera que afectan más directamente a la dignidad humana. Derecho a la vida, que es un don de Dios. Derecho a la libertad religiosa y a practicar la fe. Derecho a la participación en la vida social. Derecho a la participación económica. Derecho a los pueblos a salir de la miseria.

Nosotros, los católicos, no podemos centrarnos en la defensa de un único derecho. Tenemos que ser coherentes. Es decir, si el compromiso cristiano me lleva a defender a vida, no debo dejar de lado el derecho al trabajo o a la vivienda, y viceversa. De igual manera, si pongo todo mi empeño en combatir la miseria de los pueblos lejanos, pero no considero importante la vida de mis vecinos y conciudadanos, tampoco estoy actuando como la Iglesia propone. Los católicos tenemos que defender a la persona, en todo lo que eso significa, y a todas las personas por igual, incluidas las que no nos caen tan bien.

El compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, que reúne las enseñanzas de la Iglesia en materia social, te ayudará a entender la posición “oficial” de la Iglesia al respecto.

Así que recuerda: los católicos defendemos la dignidad de la persona en su conjunto, y no solo una parcela o un aspecto. Sabemos que es difícil cambiar el corazón y que cuesta mucho reconocer que no estamos haciendo las cosas como deberíamos. Pero también te decimos que es posible, que se puede, porque otros antes que nosotros lo han podido hacer, y no eran ni mejores ni más inteligentes que nosotros. Sencillamente, quisieron y se fiaron de Jesús.

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