Hablar en parábolas es algo muy típico de Jesús de Nazaret. Algunos autores lo consideran como un recurso exclusivamente suyo, aunque no es del todo cierto.

En el Antiguo Testamento aparece la palabra parábola, pero no tenía el mismo significado que cuando sale de la boca de Jesús. Cuando aparece escrita en el Antiguo Testamento se está refiriendo a un enigma, a algo que está oculto. Por ejemplo, en el Salmo 78, leemos “Voy a abrir mi boca en parábolas, a evocar los misterios del pasado”.

Tan solo una vez, en el libro segundo de Samuel encontramos una parábola (2Sm 11, 1b-7a) que explica la historia de un hombre que tenía una oveja. Salvo eso, Las parábolas de Jesús son prácticamente exclusivas en la Biblia.

Ahora bien, algunos rabinos judíos de la época de Jesús también utilizaban parábolas para comunicar sus ideas. Tienes que entender que los judíos no hubiesen utilizado nunca las parábolas si las hubiese inventado Jesús, porque hubiese significado que le daban credibilidad o autoridad, así que podríamos concluir que utilizar parábolas era algo propio de esa época y que Jesús, con una maestría única, las utiliza para explicar El Reino de Dios.

¿De qué hablaban las parábolas? Pues, tal y como acabamos de decir, la finalidad de Jesús es explicar lo que Él mismo llama “El Reino de Dios”, que es lo mismo que “El Reino de los Cielos”. No está hablando de los cielos como el lugar físico donde están las estrellas, sino que se refiere al Reino de Dios, que es mucho más concreto. De hecho, muchas parábolas comienzan diciendo: “El Reino de Dios se parece…”, o bien “¿Con qué compararemos el Reino de Dios?”.

Entender las parábolas era mucho más sencillo para los primeros cristianos que para nosotros. Han pasado muchos años y el mundo ya no es el mismo. Para poder comprender las parábolas hace falta, lo primero de todo, pensar en el momento en que se escribieron. Algunas expresiones y palabras de hoy día puede que tuviesen otro significado en aquella época, así que nos toca hacer un ejercicio mental para retroceder en el tiempo. Hay que ser capaz de fijarse en las relaciones que existían entre las personas, la posición que se ocupaba en la sociedad, los hábitos de la vida diaria, etc…

Por último, vamos a recordar que parábola no es lo mismo que alegoría.

Una alegoría es un relato en el que casi todas las palabras son símbolos ocultos. Veamos un ejemplo.

Mi intención es decir lo siguiente: “Juan gritó e injurió a Luis, pero este no se dejó afectar por sus palabras”. Bien, pues una alegoría de lo anterior sería: “El viento sopló con fuerza y el tronco permaneció inmóvil, ni una hoja cayó al suelo”. Como ves, en ningún momento nombré a Juan o Luis, ni tampoco lo que hacían. Juan es el viento, Luis el tronco, y la fuerza del viento representa la furia de Juan.

Debes llevar cuidado, porque en una parábola lo fundamental no son las palabras que se utilizan, tal y como ocurre en la alegoría, sino el mensaje que se quiere transmitir. A veces, agarramos las parábolas y las adaptamos a nuestro propio parecer, interpretando los elementos del texto según nos parezca a nosotros. Eso es peligroso, porque puede eliminar el significado real de la parábola.

La parábola tiene un único significado, un solo mensaje, que no depende de la perspectiva del lector o de sus intenciones.

Así que, con lo que hemos dicho, no será difícil entender que las parábolas utilizan sucesos de la vida cotidiana de la gente de aquella época y lugar: la levadura, la masa, el sembrador, etc…

Quizás, lo sorprendente de las parábolas de Jesús es que el texto aporta un final inesperado o un giro que no parecería el lógico, desde la perspectiva humana: Un padre de dos hijos que acoge al que lo abandona, el dueño de la viña que paga a todos los obreros el mismo sueldo, la mujer que busca una moneda…

Fíjate que Jesús nunca aplicaba una moraleja en sus parábolas y, sin embargo, nosotros enseguida ponemos a funcionar nuestro cerebro: ¿Cuál es la moraleja? Jesús no lo explica, sencillamente dice: ‘el que tenga oídos, que oiga’. Esto no es otra cosa que: ‘anda, ve y piénsalo’. Las explicaciones que encontramos a continuación de algunas parábolas suelen ser textos añadidos después por las comunidades primitivas, por los primeros cristianos, en un intento de hacer más entendibles las palabras de Jesús.

Para terminar, tenemos que decir que Jesús no hablaba en parábolas porque pensase que su público fuese tonto o ignorante, sino porque era la manera más efectiva de transmitir su mensaje.

Lo esencial de la predicación de Jesús está en las parábolas, y estas fueron escritas casi como Él las pronunció, para que cualquiera pudiese entenderlas sin importar su origen o conocimientos. Jesús es el mejor teólogo de la historia, y él usó las parábolas. Restar importancia a estos relatos porque no usan un lenguaje más teológico, más complicado, es como intentar corregir al mismo Jesús.

Hemos de aprender a leer mejor y a tratar con la dignidad que merecen las parábolas de Jesús.

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