DESIGNIO DE DIOS Y MISIÓN DE LA IGLESIA

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a) La Iglesia, signo y salvaguardia de la trascendencia de la persona humana

La Iglesia está formada por quienes siguen a Jesucristo Resucitado, convocados por Él, y su misión es anunciar y comunicar el Reino de Dios. La Iglesia se convierte en el germen y el principio de ese Reino anunciando el Evangelio, constituyendo nuevas comunidades cristianas y difundiendo los “valores evangélicos”. Pero al mismo tiempo que lleva a cabo su misión en el mundo, debe tener el ojo puesto también en el final de los tiempos, en lo escatológico. Así, la Iglesia no se tiene que confundir con la comunidad política y no tiene que estar ligada a ningún sistema político. Es fundamental la distinción entre religión y política.

A través de los Evangelios, de los sacramentos y por medio de la comunión fraterna, la Iglesia aporta un sentido más profundo a la vida de las personas. El Reino de Dios se manifiesta en el desarrollo de una sociabilidad humana que sea levadura de realización integral, de justicia y de solidaridad.

b) Iglesia, Reino de Dios y renovación de las relaciones sociales

La redención en Cristo no es solamente para las personas por separado, sino también para las relaciones que se establecen entre ellas. La predicación del Evangelio invita a cambiar el modo de relacionarse con los demás.

Sin embargo, esta transformación de las relaciones personales no está definida de una vez por todas, sino que la comunidad cristiana tiene que reflexionarla y ponerla en práctica, inspirándose siempre en el Evangelio y anclada en los principios inmutables de la ley natural.

Jesucristo revela que “Dios es amor” (1Jn 4, 8) y nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana y de la transformación del mundo es el mandamiento nuevo del amor. Por eso los creyentes tenemos la certeza de que abrir a todas las personas los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles. El amor recíproco es el instrumento más potente de cambio, a nivel personal y social. No hay que perder de vista que el progreso de esta realidad nuestra interesa en gran medida al Reino de Dios.

c) Cielos nuevos y tierra nueva

La promesa de Dios y la resurrección de Jesucristo suscitan en los cristianos una esperanza que debe estimular el trabajo por mejorar la realidad presente, sin esperar de brazos cruzados la promesa de Cristo: “recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (cf Mt 25, 34-36.40). Las relaciones con las demás personas alcanzan la perfección a través del esfuerzo encaminado a mejorar el mundo en la justicia y en la paz. Así, cuando las personas actúan para que la justicia y la paz se hagan presentes aquí y ahora, están anticipando el Reino prometido. Esto se hace realidad cuando nos ocupamos en dar de comer, de beber, de vestir, una casa, el cuidado, la acogida y la compañía al Señor que llama a la puerta.

d) María y su “fiat” al designio de amor de Dios

María, la madre de Jesús y la primera entre sus discípulos, supo expresar todo lo anterior a través del Magníficat. Por medio de esta oración, los seguidores de Jesús profundizan que es inseparable la verdad de un Dios que salva de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes. María es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos.

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