LOS DIVORCIADOS DENTRO DE LA IGLESIA

El capítulo octavo de la exhortación Amoris Laetitia comienza indicando que “aunque la Iglesia entiende que toda ruptura del vínculo matrimonial ‘va contra la voluntad de Dios’, también es consciente de la fragilidad de muchos de sus hijos. Y como este documento se publicó durante el Año Jubilar de la misericordia, cobra más importancia que la Iglesia deba acompañar con atención y cuidado a sus hijos más frágiles, marcados por el amor herido y extraviado. Deja claro desde el inicio del capítulo que el matrimonio cristiano es entre un varón y una mujer, que se entregan en libre fidelidad mediante un amor exclusivo hasta la muerte y que están abiertos a la comunicación de la vida. Sin embargo, también indica que aunque otras formas de unión contradicen este ideal pueden acercarse bastante a él y necesitarán consideraciones particulares.

GRADUALIDAD EN LA PASTORAL, puntos 293 al 295

El primer apartado reflexiona sobre los matrimonios solo civiles y las uniones solo de convivencia, pero de estabilidad notable. En ocasiones estas decisiones son culturales o por otras presiones, y necesitan un adecuado acompañamiento que pueda orientarlos hacia el matrimonio. Muchos jóvenes hoy desconfían del matrimonio; algunos no se deciden nunca y otros ponen fin a un compromiso y de inmediato instauran uno nuevo. Se necesita una atención pastoral misericordiosa y alentadora para entrar en diálogo con ellos. Es preciso afrontar todas estas situaciones de manera constructiva, tratando de transformarlas en oportunidad de camino hacia la plenitud del matrimonio y de la familia a la luz del Evangelio. Se trata de acogerlas y acompañarlas con paciencia y delicadeza. Es lo que hizo Jesús.

DISCERNIMIENTO DE LAS SITUACIONES LLAMADAS ‘IRREGULARES’, puntos 296 al 300

Hablando de las situaciones irregulares, se indica que el camino de la Iglesia es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y la integración, el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero. Por tanto, hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones. Se trata de integrar a todos, nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio, y el papa Francisco no habla solo de los divorciados vueltos a casar sino de todas las personas. Aunque estos miembros de la Iglesia no puedan dar catequesis o predicar, seguro que hay otros dones que pueden poner al servicio de los demás.

Los divorciados en nueva unión no deben ser juzgados rígidamente. Hay casos en que la segunda unión se ha consolidado en el tiempo, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, etc… En otras ocasiones se han hecho grandes esfuerzos para salvar el primer matrimonio y sufrieron un abandono. Cada situación debe ser tratada individualmente porque ‘no existen recetas sencillas’. Y por eso es necesario hacer esfuerzos para integrar en la comunidad cristiana a los divorciados vueltos a casar, evitando toda ocasión de escándalo, sin que se sientan excomulgados. Esta integración es necesaria para el cuidado y la educación cristiana de sus hijos.

En el punto número 300, Francisco indica que ni el sínodo ni esta exhortación tenían como objetivo elaborar una normativa con respecto al matrimonio, porque no puede haber una norma general aplicable a todos los casos. Los presbíteros tienen que acompañar a los divorciados, mediante procesos de reflexión que disciernan sobre la educación de los hijos, los intentos de reconciliación, la situación del otro cónyuge, las consecuencias sobre la familia, etc… Cuando se encuentra una persona responsable y discreta con un pastor que sabe reconocer la seriedad del asunto, se evita el riesgo de que un discernimiento lleve a pensar que la Iglesia sostiene una doble moral.

CIRCUNSTANCIAS ATENUANTES EN EL DISCERNIMIENTO PASTORAL, puntos 301 al 303

Ya no es posible decir que todos los que se encuentran en situación ‘irregular’ viven en una situación de pecado mortal. Así de claro lo expresa el papa Francisco. Para razonar su afirmación, recurre al Catecismo de la Iglesia Católica, puesto que en la toma de decisiones afectan la violencia, el temor, los hábitos contraídos, la madurez afectiva, etc… No basta con reconocer que una situación no responde a la propuesta del Evangelio, también hay que entender, según el caso, que quizás esa sea la respuesta que puede ofrecer a Dios esa persona concreta, en ese momento de su vida. Por eso el discernimiento tiene que ser dinámico y estar abierto a nuevas etapas de crecimiento.

NORMAS Y DISCERNIMIENTO, puntos 304 al 306

Es mezquino detenerse solo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios. Es importante no descuidar las normas generales, pero hace falta discernir su aplicación a cada caso concreto. Un pastor no puede sentirse satisfecho solo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones ‘irregulares’, su corazón estaría cerrado. Hay que recordar que los pequeños pasos en medio de grandes limitaciones pueden ser más agradables para Dios que la vida exteriormente correcta vivida sin dificultades. Francisco propone diversas lecturas para profundizar en la vía de la caridad.

LA LÓGICA DE LA MISERICORDIA PASTORAL, puntos 307 al 312

Pero conviene recordar que aunque se atienda y acoja cada situación con misericordia, eso no significa renunciar a proponer el ideal de matrimonio cristiano. No hay que ser tibios a la hora de proponerlo. Francisco dice que entiende a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna, pero también indica que Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu Santo derrama en medio de la fragilidad. El mismo Evangelio nos reclama que no juzguemos ni condenemos. Jesús mismo se presenta como pastor de cien ovejas, no de noventa y nueve. Las quiere todas. Por eso la Iglesia no es una aduana, sino la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas.

Para terminar el capítulo, se indica que hay que cuidar la integridad de la enseñanza moral de la Iglesia, pero que el acento debe estar en los valores más altos y centrales del Evangelio, especialmente en el primado de la caridad.

Dice Francisco en las últimas líneas: “Invito a los fieles que están viviendo situaciones complejas, a que se acerquen con confianza a conversar con sus pastores o con laicos que viven entregados al Señor. […] E invito a los pastores a escuchar con afecto y serenidad, […] para ayudarles a vivir mejor y a reconocer su propio lugar en la Iglesia.

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