Los padres siempre inciden en el desarrollo moral de sus hijos, para bien o para mal y por eso deben aceptar esta función inevitable, realizándola de un modo consciente, entusiasta, razonable y apropiado. Así comienza el séptimo capítulo de la exhortación Amoris Laetitia, en el que el papa Francisco reflexiona acerca de la educación de los hijos e hijas en la familia.

¿DÓNDE ESTÁN LOS HIJOS?, puntos 260 al 262

Todas las familias tendrían que preguntarse a qué quieren exponer a sus hijos para evitar una nociva invasión: quiénes les divierten, qué ven a través de las pantallas, etc… Abandonarlos a su suerte nunca es sano, siempre hace falta una vigilancia que no sea obsesiva. Hay que asumir que no se puede tener el control de todas las situaciones por las que podría llegar a pasar un hijo. Lo que hay que hacer es darle herramientas que le capaciten en la maduración de su libertad, de crecimiento integral o de cultivo de la propia autonomía. No se trata de saber en qué lugar físico se encuentran, sino de interesarse por qué punto del camino de su desarrollo interior han alcanzado. La prudencia, el buen juicio y la sensatez no dependen únicamente de la herencia genética, la familia y el ambiente tiene mucho que decir al respecto.

FORMACIÓN ÉTICA DE LOS HIJOS, puntos 263 al 267

La tarea de los padres incluye una educación de la voluntad y un desarrollo de hábitos buenos e inclinaciones afectivas a favor del bien, por eso no pueden desentenderse y dejarlo todo en manos de la escuela. Hay que interesarse por la formación moral de los hijos, pero eso no significa imponer verdades, sino favorecer el descubrimiento por sí mismo de la importancia de los valores. Hoy día suele ser ineficaz pedir algo que exige esfuerzos y renuncias y por eso es necesario desarrollar hábitos. La educación moral es un cultivo de la libertad que conduzca hacia la vida virtuosa, evitando que la persona se vuelva esclava de inclinaciones compulsivas deshumanizantes y antisociales.

VALOR DE LA SANCIÓN COMO ESTÍMULO, puntos 268 al 270

Es indispensable sensibilizar al niño o al adolescente para que advierta que sus acciones tienen consecuencias. Hay que orientarlos para que pidan perdón y reparen el daño realizado a los demás. Pero igual que se debe corregir, también se deben reconocer los esfuerzos. Un niño corregido con amor se siente tenido en cuenta, y por eso la corrección no debe realizarse como si el hijo fuese un enemigo. Hay que saber encontrar el equilibro entre construir un mundo a medida de los deseos del hijo y llevarlo a vivir torturado por los deberes pendiente de realizar los deseos ajenos.

PACIENTE REALISMO, puntos 271 al 273

La educación moral implica pedir aquellas cosa que no signifiquen un sacrificio desproporcionado. De otro modo, apenas pueda librarse de la autoridad, posiblemente dejará de obrar bien. Por tanto, como las resistencias de los jóvenes están muy ligadas a malas experiencias, es necesario ayudarles a hacer un camino de curación interior. Se debe aprender a diferenciar entre un acto voluntario y otro libre. Francisco pone el ejemplo de la drogadicción. El adicto desea la droga con toda su voluntad, pero está tan condicionado que por el momento no es capaz de tomar otra decisión. Por lo tanto su decisión es voluntaria, pero no libre. Necesita la ayuda de los demás y un camino educativo.

LA VIDA FAMILIAR COMO CONTEXTO EDUCATIVO, puntos 274 al 279

La familia es la primera escuela de los valores humanos en la que se aprende el buen uso de la libertad. Allí es importantísimo educar en la paciencia, en medio de este tiempo de prisa tecnológica. Hay que enseñar a no aplicar la velocidad digital a todos los ámbitos de la vida para que los jóvenes no se conviertan en atropelladores que someten todo a la satisfacción de sus necesidades inmediatas. Cuando se educa a posponer, se enseña lo que es ser dueño de sí mismo, autónomo ante los propios impulsos. Cabe recordar que el encuentro entre padres e hijos puede ser facilitado o perjudicado por las tecnologías de la comunicación y la distracción. Otros aspectos a aprender en la familia son saber ser vecinos y consumir con conciencia ecológica, pero los padres jamás deben ser vistos como omnipotentes; también son frágiles y tienen limitaciones.

SÍ A LA EDUCACIÓN SEXUAL, puntos 280 al 286

Es difícil pensar la educación sexual en una época en que la sexualidad tiende a banalizarse y a empobrecerse. Sólo podría entenderse en el marco de una educación para el amor, para la donación mutua. Esta educación sexual debe adaptarse a cada etapa, y tiene que enseñar a reconocer el bombardeo constante de mensajes que no buscan el bien de los jóvenes y niños. Aunque el sano pudor sea considerado de otras épocas, es recomendable para resguardar la interioridad de la persona y evitar que se convierta en un puro objeto. El papa Francisco llama la atención sobre la expresión “sexo seguro”, como si un posible hijo fuera un enemigo del cual hay que protegerse, sin entrar a comentar las enfermedades de transmisión sexual. Indica que se alienta alegremente a utilizar a otra persona como objeto para compensar carencias personales e invita a enseñar un camino en torno a las diversas expresiones del amor, del cuidado mutuo, de la ternura respetuosa. A su vez, en el apartado se indica que en la educación sexual es esencial aprender a aceptar el propio cuerpo tal cual ha sido creado. Por último, resalta que los hijos no deben ver como algo menos masculino asumir tareas domésticas o de la crianza ni dedicarse al arte o la danza, como tampoco menos femenino desarrollar tareas de conducción, por poner algunos ejemplos.

TRANSMITIR LA FE, puntos 287 al 290

Para terminar el apartado, se hace hincapié en la transmisión de la fe a los hijos. La fe es un don de Dios, pero los padres son instrumentos para su maduración y desarrollo, por eso Francisco considera hermoso que muchas madres enseñen a sus hijos a mandar un beso a Jesús o a la Virgen. En este proceso de educar en la fe a los hijos, una familia puede espontáneamente volverse evangelizadora y transmitirla a todos los que se acercan a ella, sin importar quienes sean. Aquí, Francisco aporta algunas citas de los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles para indicar cómo se relacionaban Jesús y los Apóstoles con el mundo. A partir de lo vivido en nuestras familias, todos deberíamos ser capaces de decir: ‘Hemos conocido el amor que Dios nos tiene’. Solo a partir de esta experiencia, la pastoral familiar podrá lograr que las familias sean a la vez iglesias domésticas y fermento evangelizador en la sociedad.

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