El sexto capítulo de la exhortación Amoris Laetitia es larguísimo. En él, el papa Francisco lanza algunas propuestas generales sobre la pastoral familiar, e indica que son las comunidades locales quienes deben concretarlas y ponerlas en práctica. Siendo un capítulo tan largo haremos una síntesis de las principales propuestas que encontraremos.

1. No basta con mencionar la preocupación por las familias en los planes pastorales, hace falta una pastoral específica. No podemos quedarnos en un anuncio teórico y desvinculado de los problemas reales de las personas. No se trata de presentar una normativa, sino de proponer valores, y la principal contribución queda de parte de las parroquias. Por eso, seminaristas y sacerdotes deben recibir una adecuada formación familiar, que no se reduzca al aprendizaje de la doctrina.

2. Hace falta ayudar a los jóvenes a descubrir el valor y la riqueza del matrimonio, y es tarea de toda la comunidad cristiana. No se trata de darles todo el Catecismo ni de saturarlos con demasiados temas. Hay que dar prioridad a aquellos contenidos que les ayuden a comprometerse en un camino de toda la vida, porque aprender a amar a alguien no es algo que se improvisa ni puede ser el objetivo de un breve curso previo a la celebración del matrimonio.

3. La preparación al matrimonio debe incluir un reconocimiento de las incompatibilidades, para evitar fracasos con consecuencias dolorosas. Deben ser estimulados para la creación del proyecto común, lo que implica aceptar la posibilidad de afrontar renuncias, dificultades y conflictos. Además, hay que evitar ver el casamiento como el fin del camino, sino como una vocación que los lanza hacia adelante.

4. La preparación previa al matrimonio no debe centrarse en invitaciones, vestimenta, etc… Hay que acompañar y ayudar a la preparación mutua para vivir con hondura la celebración litúrgica. Los novios deben ser valientes y diferentes para no dejarse devorar por la sociedad del consumo y la apariencia. Las palabras que se dicen no se reducen al presente, sino que incluyen el futuro: ‘hasta que la muerte los separe’.

5. Cuando la afectividad entra en crisis o la atracción física decae, el matrimonio puede zozobrar. Es necesario un acompañamiento posterior al casamiento. Es un desafío ayudar a descubrir que el matrimonio no puede entenderse como algo acabado, porque los esposos se convierten en protagonistas y creadores de un proyecto que hay que llevar adelante juntos. Al cónyuge no se le exige que sea perfecto, hay que aceptarlo como es: inacabado. En cada etapa de la vida matrimonial hay que sentarse a volver a negociar los acuerdos, sin que haya ganadores y perdedores. La misión más grande de un hombre y una mujer en el amor es hacerse el uno al otro más hombre o más mujer. Se recomienda redescubrir el mensaje de dos documentos de la Iglesia: Humanae Vitae y Familiaris Consortio para contrarrestar la mentalidad hostil que a veces surge en las personas.

6. Para el acompañamiento después del matrimonio es importante la presencia de esposos con experiencia en la parroquia. Además, hace falta remarcar la importancia de la espiritualidad familiar, de la oración y de la participación en la Eucaristía dominical. A su vez, se pueden realizar liturgias, prácticas de devoción y Eucaristías en el aniversario del matrimonio para favorecer la evangelización mediante la familia.

7. Los matrimonios deben dialogar, compartir proyectos y abrazarse sin prisa, entre otros, para evitar que uno u otro cónyuge se refugie en la tecnología, se invente compromisos o busque otros brazos.

8. Parroquias, movimientos, escuelas y otras instituciones de la Iglesia pueden desplegar diversas mediaciones para cuidar y reavivar a las familias: reuniones de matrimonios, retiros breves, charlas de especialistas, etc…

9. Una crisis superada lleva a una relación a mejorar, asentar y madurar el vino de la unión. No hay que resignarse a una curva descendente, a una soportable mediocridad. Por eso es bueno acompañar a los cónyuges para que puedan aceptar las crisis que lleguen, y los matrimonios experimentados y formados deben estar dispuestos a acompañar a otros en ese descubrimiento. El problema surge cuando los matrimonios no acuden al acompañamiento pastoral porque no lo sienten comprensivo, cercano, realista, encarnado. Hace falta transmitir la necesidad de elegirse cada día, el uno al otro, como compañero de camino. Un ministerio dedicado a aquellos cuya relación matrimonial se ha roto parece particularmente urgente.

10. Es necesario colaborar a cerrar viejas heridas en los cónyuges, que provengan de su infancia o la adolescencia. Hay que hacer un proceso de liberación que jamás se enfrentó.

11. Aunque la separación y el divorcio son remedios extremos, hay que saber reconocer los casos en que es inevitable y hasta moralmente necesario. Hay que acoger y valorar el dolor de quienes han sufrido la separación, el divorcio, el abandono o el maltrato. El perdón no es fácil, pero es posible. Por ello se necesita una pastoral de la reconciliación y la mediación, con centros de escucha especializados.

12. A las personas divorciadas que viven en nueva unión es importante hacerles sentir que son parte de la Iglesia, que no están excomulgadas y no tratarlas como tales. Estas situaciones exigen un gran respeto, evitando un lenguaje y actitud que las haga sentir discriminadas.

13. Los procedimientos para el reconocimiento de los casos de nulidad debe ser más ágil. Francisco hace referencia a dos documentos escritos por él mismo: Mitis Iudex Dominus Iesus y Mitis et Misericors Iesus.

14. Las consecuencias de la separación nunca deben recaer sobre los hijos, que tienen que ser la primera preocupación. El papa ruega que jamás, jamás, se tome al hijo como rehén. Es una irresponsabilidad dañar la imagen del padre o de la madre con el objeto de acaparar el afecto del hijo.

15. Las comunidades cristianas no deben dejar solos a los padres divorciados en nueva unión. ¿Cómo educarán cristianamente a sus hijos si se les aparta de la Comunidad, como si estuviesen excomulgados? Ayudar a sanar las heridas de los padres y ayudarlos espiritualmente es un bien también para los hijos.

16. En matrimonios entre católicos y otros cristianos debe haber una colaboración cordial entre el ministro católico y el no católico. Pero compartir la Eucaristía solo puede ser excepcional, siempre observando la normativa de la Iglesia a este respecto.

17. Los matrimonios entre católicos y personas de otras religiones se convierten en un lugar privilegiado para el diálogo interreligioso. Sin embargo, cuando el papa recuerda que en algunos países el cónyuge cristiano es obligado a cambiar de religión para poder casarse, hace hincapié en que debemos reafirmar la necesidad de que la libertad religiosa sea respetada para todos.

18. La Iglesia hace suyo el comportamiento de Jesús que en un amor ilimitado se ofrece a todas las personas sin excepción. El papa reitera que toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto, procurando evitar todo signo de discriminación injusta.

19. No se debe utilizar la palabra matrimonio para hablar de las uniones entre personas del mismo sexo.

20. Las familias monoparentales deben encontrar apoyo y consuelo entre las familias que conforman la comunidad cristiana.

21. A veces la vida familiar se ve desafiada por la muerte de un ser querido. Abandonar a una familia cuando la lastima una muerte sería una falta de misericordia. El duelo puede llevar bastante tiempo y el acompañamiento en ese proceso tiene que adaptarse a las necesidades de cada una de sus etapas.

22. La fe nos asegura que el Resucitado nunca nos abandonará, nuestra vida no termina con la muerte. Una manera de comunicarnos con los seres queridos que murieron es orar por ellos.

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