Hacia la mitad de la exhortación apostólica Amoris Laetitia nos encontramos con el capítulo 5, dedicado a hablar sobre los hijos en el matrimonio. Comienza indicando que el amor siempre da vida, y que los hijos son reflejo viviente del amor conyugal.

El primer apartado trata el modo en que se debe acoger a los hijos en la familia. La nueva vida que llega permite descubrir la dimensión más gratuita del amor, porque los hijos son amados antes incluso de que lleguen. Denuncia la situación de numerosos niños que desde el inicio son rechazados o abandonados (¡Es vergonzoso!). ¿Dónde quedan entonces los derechos humanos y del niño? Cuando se trata de la infancia, ningún sacrificio o esfuerzo adulto será demasiado costoso o grande con tal de evitar que un niño piense que es un error su nacimiento. Al mismo tiempo, Francisco dice que las familias numerosas son una alegría para la Iglesia, pero que no hay que olvidar la paternidad y maternidad responsables, que no se trata de una procreación ilimitada ausente de responsabilidad o conciencia.

Durante cuatro puntos, el papa se dirige a las embarazadas, recordando las dificultades y maravillas del proceso que experimentan. Cada mujer participa del misterio de la creación, relacionado con el proyecto de Dios. Llama a la reflexión sobre el valor de cada embrión desde el instante en que es concebido e indica que hay que mirarlo con esos ojos de amor del Padre, que mira más allá de toda apariencia. Es importante que ese niño o niña se sienta esperado. No es importante si esa nueva vida te servirá o no, si tiene características que te agradan o no, si responde a tus proyectos, etc… Se ama a un hijo porque es hijo, no porque es hermoso o porque es de una o de otra manera. Termina esos cuatro puntos pidiendo a cada embarazada que cuide su alegría, que la vida que lleva dentro merece su alegría.

A continuación, el papa Francisco defiende el derecho de cada niño y niña a tener un padre y una madre, a recibir su amor. Ese amor no es solo hacia el hijo, sino también entre ellos, para que esa vida no se convierta en una posesión caprichosa. Si por razones inevitables falta alguno de los dos, es importante buscar algún modo de compensarlo.

A partir del número 173 se describe el sentimiento de orfandad vivido por muchos niños y jóvenes, cuyos padres y madres pueden estar más empeñados en labrarse un futuro profesional que en atender a la vida familiar. Defiende la figura de la mujer no sometida al varón e indica lo siguiente: “Valoro el feminismo cuando no pretende la uniformidad ni la negación de la maternidad”. De igual manera, apuesta por una paternidad no autoritaria, pero tampoco ausente. No es sano que se intercambien los roles entre padres e hijos. Un padre debe estar siempre presente en la vida de su hijo, lo que no equivale a ser controlador, para no anular a sus hijos. El apartado termina diciendo que no es bueno que los niños se queden sin padres y así dejen de ser niños antes de tiempo.

Después, Francisco aborda la fecundidad ampliada. Muchas parejas no pueden tener hijos y sufren por ello, pero insiste en que el matrimonio no se ha instituido solo para la procreación. La maternidad no es una realidad exclusivamente biológica, sino que se expresa de diversas maneras.

Una de ellas es la adopción. En el punto 179, el papa alienta a quienes no pueden tener hijos a que abran su amor matrimonial para recibir a quienes están privados de un adecuado contexto familiar. Es el acto de regalar una familia a quien no la tiene. Por eso es importante insistir en que la legislación pueda facilitar los trámites de adopción, sobre todo en los casos de hijos no deseados, en orden a prevenir el aborto o el abandono. Subraya un fragmento del profeta Isaías: “Aunque tu madre te olvidase, yo jamás te olvidaría” (Is 49, 15).

Pero la procreación o la adopción no son las únicas maneras de vivir la fecundidad del amor. La familia no debe ser un recinto protegido de la sociedad, sino que debe salir de sí misma en la búsqueda solidaria. Los matrimonios necesitan adquirir una clara y convencida conciencia sobre sus deberes sociales. “Tus manos son mi caricia, mis acordes cotidianos; te quiero porque tus manos trabajan por la justicia”. Ninguna familia puede ser fecunda si se concibe como demasiado diferente o separada, y para justificarlo pone como ejemplo la familia de Jesús, integrada en su tiempo y lugar. Un matrimonio que experimente la fuerza del amor, sabe que ese amor está llamado a sanar las heridas de los abandonados, a instaurar la cultura del encuentro, a luchar por la justicia. Las familias abiertas y solidarias hacen espacio a los pobres.

Termina el segundo apartado reflexionando sobre el Cuerpo y Sangre de Cristo, a partir de una lectura de San Pablo a los Corintios. Quienes se acercan al ‘Cuerpo del Señor’ tienen que reconocerlo en los signos sacramentales y en la comunidad de personas. El texto es una seria advertencia para las familias que se encierran en su propia comodidad y se aíslan o que permanecen indiferentes ante el sufrimiento de las familias pobres y más necesitadas. No hay que olvidar que la ‘mística’ del Sacramento tiene un carácter social.

El tercer y último apartado se dedica a la vida en la familia ampliada, que incluye a los padres, tíos, primos e incluso vecinos. Nunca tenemos que perder nuestra conciencia de hijos, porque la vida no nos la hemos dado nosotros mismos, sino que la hemos recibido. Y eso está relacionado con honrar al padre y a la madre. Una sociedad de hijos que no honran a sus padres es una sociedad sin honor. A su vez, los padres deben dejar a sus hijos marchar para que el matrimonio sea como dice el Génesis: “Abandonará el hombre a su padre y su madre” (Gn 2, 24).

En los puntos 191 al 193 se aborda la importancia de amar y atender a los ancianos adecuadamente. “No me rechaces ahora en la vejez, que me van faltando las fuerzas, no me abandones” (Sal 71, 9). Dios nos invita a escuchar la súplica de los pobres y el grito de los ancianos. Debemos despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de hospitalidad, que hagan sentir al anciano parte viva de su comunidad. “¡Cuánto quisiera una Iglesia que desafía la cultura del descarte con la alegría desbordante de un nuevo abrazo entre los jóvenes y los ancianos”, dice Francisco.

El capítulo termina indicando que tal vez no siempre somos conscientes de ello, pero que es precisamente la familia la que introduce la fraternidad en el mundo. El punto 197 aporta una lista con las personas a quienes se debe integrar con amor en la familia, entre los que se encuentran los jóvenes que luchan contra alguna adicción, los ancianos y enfermos o ‘los más desastrosos en las conductas de su vida’.

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