En el vídeo anterior vimos el Himno de la Caridad escrito por San Pablo en su primera carta a los corintios (1Co 13, 4 – 7).

El segundo apartado de este capítulo de Amoris Laetitia, enlaza el himno de San Pablo con la caridad conyugal, definida como una unión afectiva que recoge la ternura de la amistad y la pasión erótica, y que es capaz de sobrevivir aunque los sentimientos o la pasión se debiliten.

Nos dice Francisco que el matrimonio es un signo precioso porque es la imagen del amor de Dios por cada uno de nosotros, donde los esposos se convierten en una sola existencia. Pero también nos recuerda que las personas somos limitadas y que no hay que cargar sobre la espalda la responsabilidad de reproducir de manera perfecta la unión entre Cristo y su Iglesia.

El amor conyugal tiene las características de una buena amistad a la que se suma una exclusividad indisoluble. Quien está enamorado no puede pensar que ese amor pueda ser pasajero, y por eso el matrimonio es mucho más que una formalidad social o una tradición. Exige un alto grado de compromiso que requiere luchar, renacer, reinventarse y empezar siempre de nuevo hasta la muerte. Además, el matrimonio incluye las notas de la pasión porque no se ha instituido solo para la procreación, sino también para que el amor mutuo se manifieste, progrese y madure.

En el matrimonio conviene cuidar la alegría del amor, y para ello hay que aceptar que esa unión es una combinación de gozos y esfuerzos, de tensiones y descanso, de sufrimientos y de liberaciones, etc… todo ello en el camino de la amistad. En esta sociedad de consumo todo se puede comprar, poseer o consumir, incluidas las personas. El amor al otro implica el gusto de contemplar y valorar lo bello y sagrado de su ser corporal, que existe más allá de mis propias necesidades, y que sigue amando aunque esté enfermo, viejo o privado de atractivos externos. El papa sigue insistiendo en la alegría y nos dice que esta se renueva en el dolor. Indica que después de haber sufrido y luchado juntos, los cónyuges pueden experimentar que valió la pena.

En un momento dado, Francisco se dirige especialmente a los jóvenes para proponerles el matrimonio como expresión de su amor por otra persona. Vuelve a insistir en que el matrimonio es más que un consentimiento externo o un contrato, pero añade que hacerlo visible delante de los demás, muestra la seriedad de identificarse con el otro. El matrimonio indica una superación del individualismo adolescente y expresa la firme opción de pertenecerse el uno al otro, que va más allá de toda moda pasajera. Y por esa seriedad que tiene, no puede ser una decisión apresurada, como tampoco puede postergarse para siempre. Es decirle al otro que podrá confiar en que no será abandonado cuando pierda atractivo, cuando haya dificultades o cuando se ofrezcan nuevas opciones de placer.

En la vida familiar, Francisco nos propone el uso de tres palabras de un modo especial: permiso, gracias y perdón para crecer más y más en el amor mutuo, porque el amor que no crece comienza a correr riesgos. Es importante recordar que el amor idílico del cine y la literatura, donde los años no pasan, no existe la enfermedad y no hay dolor ni sufrimiento, pone muchos frenos al amor real de cada día, porque no existen las familias perfectas que nos propone la propaganda.

Para poder hacer frente a la dificultad de crecer en el amor, el diálogo se convierte en una herramienta indispensable. El modo de preguntar, la forma de responder, el tono utilizado, el momento y otros factores pueden favorecer o perjudicar la comunicación con la pareja. No solo es necesario hablar, sino también saber escuchar. Muchas veces, uno de los cónyuges no necesita una solución a sus problemas, sino ser escuchado. Y eso requiere una mente abierta para no cerrarse en unas pocas ideas, hay que tener flexibilidad para saber modificar las propias opiniones. No debemos ver en el otro a un competidor. Para terminar el apartado, Francisco recuerda la importancia de leer, reflexionar y orar para crecer por dentro. Porque si no se crece, no se tendrá nada interesante que decir, las conversaciones se volverán aburridas e inconsistentes.

El tercer apartado se detiene en los sentimientos y la sexualidad del matrimonio. Comienza hablando acerca de las emociones y hace referencia a las demostraciones de afecto por parte de Jesús, para demostrar que su corazón humano estaba abierto a los demás. Las emociones y deseos no son buenos ni malos en sí mismos, sino los actos que se realicen empujados por aquellos. Muchos medios de comunicación insisten en acusar a la Iglesia de lanzar prohibiciones y querer oprimir la libertad. La enseñanza oficial de la Iglesia dice que no se trata de renunciar a instantes de intenso gozo, sino de saber combinarlos con la entrega generosa, de espera paciente o de cansancio inevitable.

Todo lo anterior lleva a Francisco a detenerse en la sexualidad del matrimonio, de la que dice es un regalo maravilloso de Dios hacia sus creaturas. San Juan Pablo II ya dijo que la Iglesia no niega el valor del sexo humano ni lo tolera solo por la procreación. La necesidad sexual de los esposos no es objeto de menosprecio y tampoco hay que confundirlo con un recurso para gratificar o entretener. Es un lenguaje donde el otro es tomado en serio. La enseñanza de la Iglesia nos dice que la sexualidad no es un mal permitido sino un don de Dios que embellece el encuentro de los esposos. Y por eso mismo, la sexualidad no debe ligarse a la violencia o la dominación del otro. En la lógica del ‘usa y tira’, el encuentro con el otro se convierte en una satisfacción egoísta de los propios deseos e instintos. En el matrimonio no debe existir ningún tipo de imposición o dominio sexual y, para justificarlo, Francisco recuerda que no deben malinterpretarse algunos textos de San Pablo.

Para terminar el apartado, el papa compara la virginidad y el celibato con el matrimonio. Indica que ninguno es superior al otro, sino que se complementan. La virginidad tiene el valor simbólico de que no necesita poseer al otro y refleja la libertad del Reino de los Cielos. El matrimonio, por su parte, es reflejo de la Trinidad y de la unión de Cristo con su Iglesia. Pide a los célibes fijarse en el compromiso de los esposos para no caer en una cómoda soledad.

El capítulo termina con un apartado dedicado a un amor que nos transforma. Hoy día vivimos muchos más años que antes, y por eso la pertenencia mutua del matrimonio tiene que conservarse cuatro, cinco o seis décadas. Eso hace que haya que elegirse una y otra vez, aunque no podamos mantener los mismos sentimientos durante toda la vida. Sin embargo, el amor nos empuja a tener un proyecto común estable. El amor que nos prometemos en el matrimonio va más allá de toda emoción, sentimiento o estado de ánimo. Es un camino que debe construirse día a día.

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