Resumir el segundo capítulo de la exhortación post-sinodal Amoris laetitia no resulta fácil. Está repleta de afirmaciones e ideas fundamentales. La frase con la que comienza puede ayudarnos a entender las líneas generales del capítulo: “El bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia”.

El primer apartado es muy largo y ocupa casi todo el capítulo. Comienza denunciando el individualismo que quita importancia a los vínculos familiares y que termina por considerar a cada componente de la familia como una isla. Observa que hoy día hay una tendencia a apostar por la autenticidad de cada persona, y afirma que es positivo porque puede promover las distintas capacidades y la espontaneidad, pero que mal orientado pude crear actitudes de permanente sospecha, de huida de los compromisos, de encierro en la comodidad y de arrogancia. Cuando esto se traslada a la familia, esta puede convertirse en un lugar de paso al que uno acude cuando le parece conveniente para sí mismo. Hoy día es fácil confundir la libertad con la idea de que cada uno juzga como le parece.

Los cristianos no podemos dejar de presentar el ideal matrimonial como alternativa real al mundo. Al mismo tiempo, tenemos que ser humildes y realistas para reconocer que nuestro modo de presentar las convicciones cristianas y la forma de tratar a las personas han ayudado a provocar lo que hoy lamentamos. Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas. Muchas veces hemos actuado a la defensiva y gastamos las energías pastorales redoblando el ataque al mundo decadente, con poca capacidad para mostrar caminos de felicidad.

Este ejercicio de autocrítica no significa que tengamos que dejar de advertir la decadencia cultural (“cultura de lo provisorio”). Hoy día, las personas creen que el amor se puede conectar o desconectar a gusto del consumidor, e incluso bloquear rápidamente. Se traslada a las relaciones lo que sucede con los objetos y el medio ambiente: todo es descartable, cada uno usa y tira, gasta y rompe, aprovecha y estruja mientras sirva. Después ¡adiós! La afectividad narcisista y cambiante no ayuda a los sujetos a alcanzar una mayor madurez.

En este contexto de sociedad de consumo, muchos jóvenes no pueden formar una familia por dos motivos: no tienen oportunidades de futuro o bien están excesivamente atareados… Además, las crisis matrimoniales se suelen afrontar superficialmente y sin la valentía de la paciencia, del diálogo sincero, del perdón recíproco, de la reconciliación y también del sacrificio.

La sociedad de consumo también puede disuadir a las personas de tener hijos solo para mantener su libertad y su estilo de vida. La Iglesia rechaza con todas sus fuerzas las intervenciones del Estado en favor de la anticoncepción, la esterilización e incluso del aborto. El Estado tiene la responsabilidad de crear leyes que garanticen el futuro de los jóvenes para que puedan realizar su proyecto de formar una familia. Durante un par de puntos, Francisco denuncia el abandono de las familias por parte del sistema económico y político.

El punto 45 aborda un tema difícil y doloroso: La explotación sexual de la infancia, que constituye una de las realidades más escandalosas y perversas de la sociedad actual. El abuso sexual de los niños se vuelve mucho más escandaloso cuando ocurre en los lugares donde deben ser protegidos, especialmente en las familias y en las escuelas, así como en las comunidades e instituciones cristianas. El papa no deja lugar a dudas sobre lo abominable de estos actos.

El punto 46 habla sobre la situación de las familias de personas que emigran, y en el 47 se alaba a las familias de personas con alguna discapacidad (diversidad funcional). Ellas dan a la Iglesia y a la sociedad un valioso testimonio de fidelidad al don de la vida. Tanto la atención dedicada a los migrantes como a las personas con discapacidades es un signo del Espíritu porque ofrece alternativa hoy día gracias a la acogida misericordiosa y la integración de los más frágiles.

El apartado termina elogiando a las familias que protegen a los ancianos y destacando la situación de las familias sumidas en la miseria. La Iglesia debe tener un especial cuidado para comprender, consolar e integrar evitando imponer una serie de normas como si fueran una roca.

El segundo apartado, mucho más corto, se dedica a repasar algunos desafíos que surgen hoy en día.

Es muy difícil transmitir la fe en la familia cuando en algunas casas ni siquiera existe el hábito de comer juntos. Francisco comenta la drogodependencia o las situaciones de violencia como otros desafíos para las familias.

Indica que debemos ser capaces de reconocer la gran variedad de situaciones que pueden ofrecer estabilidad familiar, como las uniones de hecho o entre personas del mismo sexo, pero que no pueden equipararse sin más al matrimonio. El papa llama la atención sobre el hecho de que las leyes ofrecen y facilitan múltiples alternativas de unión, y que en ese contexto un matrimonio que es indisoluble, que exige exclusividad a la pareja y que está abierto a la vida termina pareciendo anticuado.

Por supuesto, defender el matrimonio católico no quiere decir estar a favor de las viejas formas de familia caracterizadas por el autoritarismo e incluso por la violencia.

Hablando de la situación de la mujer, Francisco destaca que la historia lleva las huellas de los excesos de las culturas patriarcales, donde la mujer era considerada de segunda clase. Tenemos que poner de nuestra parte para no repetir los errores del pasado. Al mismo tiempo, denuncia la mercantilización del cuerpo femenino en la actual cultura mediática y pone como ejemplo el alquiler de vientres. El punto 55 lo dedica a la importancia de la figura paterna en la familia y el 56 a lo peligroso que puede resultar eliminar por completo las diferencias entre ambos sexos (sex y gender).

El capítulo termina dando gracias a Dios por todas las familias que sin ser perfectas viven en el amor, realizan su vocación y siguen adelante, aunque caigan muchas veces a lo largo del camino. No caigamos en la trampa de desgastarnos en lamentos autodefensivos, en lugar de despertar una creatividad misionera.

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