En el primer capítulo de la exhortación post-sinodal Amoris laetitia, el papa Francisco nos aporta una visión de la familia basada en los textos de las Sagradas Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

La Biblia está poblada de familias, de historias de amor y de crisis familiares, desde la primera página. Comienza con Adán y Eva (cf. Gn 4) y termina con las bodas de la Esposa y del Cordero (cf. Ap 21, 2.9). En el centro de toda familia bíblica encontramos siempre la pareja del padre y de la madre con toda su historia de amor.

En los dos primeros capítulos del Génesis podemos percibir la pareja humana como una imagen de Dios en dos sentidos: Porque tanto la mujer como el hombre son creados a imagen de Dios (cf. Gn 1, 27) y porque la fecundidad de la pareja es un signo visible del acto creador. Entonces, la relación fecunda de la pareja se vuelve una imagen para descubrir y describir el misterio de Dios.

Francisco habla del aspecto trinitario de la pareja, es decir que la relación entre el hombre y la mujer es un reflejo de una comunión de amor al igual que la que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu. Se destaca que la relación comience con un encuentro directo, de tú a tú, que dará lugar a la familia y a la siguiente generación. “Se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (Mt 19, 5). En los textos originales, el verbo unir es el mismo que se utiliza para describir la unión con Dios: “Mi alma está unida a ti” (Sal 63, 9). Así que se entiende esta unión no solamente en la dimensión sexual, sino también en la donación voluntaria del amor hacia el otro.

Cuando llega al tema de los hijos, el punto 14 nos descubre que la palabra ‘hijo’ es la segunda que más veces de repite en la Biblia después de Yahvé, El Señor. La presencia de los hijos es un signo de plenitud de la familia, porque continúa con la misma historia de salvación de generación en generación.

A partir del número 15 se desarrolla una idea que en Cinco Panes nos encanta. El espacio vital de la familia se puede convertir en Iglesia Doméstica. La Biblia considera a la familia como el lugar principal en que los hijos deben recibir la catequesis. Los padres se convierten en los primeros maestros de la fe para sus hijos, y tienen el deber de cumplir con esta misión educadora. Al mismo tiempo, los hijos están llamados a acoger y practicar el cuarto mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre”.

A pesar de que los padres deben educar a los hijos, el Evangelio nos recuerda que estos no son una propiedad de la familia, sino que tienen por delante su propio camino de vida, que habrá que orientar y respetar.

A continuación, desde el número 19 en adelante, el papa Francisco reflexiona sobre el hecho de que no todas las relaciones familiares son perfectas ni están libres de problemas y preocupaciones. La Biblia es reflejo de toda esta multitud de circunstancias familiares que rompen la vida de la familia y su íntima comunión de vida y amor: Caín y Abel, las peleas y disputas entre los hijos y las esposas de los patriarcas, las tragedias de la familia de David, las dificultades familiares de Tobías, los lamentos de Job, etc…

El propio Jesús nace en una familia modesta que enseguida debe huir a una tierra extranjera, y como conoce el sufrimiento y las fatigas familiares, las incorpora a sus parábolas: Un hijo que abandona al padre, los hijos que tienen comportamientos inexplicables, los que son víctimas de la violencia, etc… Todo esto lo comenta Francisco para demostrarnos que la Palabra de Dios no se queda en ideas lejanas, sino que aterriza en la vida diaria, con sus inquietudes y dificultades. La propone como una compañera de viaje para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor.

La penúltima parte la dedica a reflexionar sobre el trabajo, del que entiende dependen tanto el desarrollo de la sociedad como el sostenimiento de la familia. El número 25 se hace eco del desempleo y de la precariedad laboral que genera sufrimiento y que afecta directamente a la vida de las familias. El número 26 habla de la degeneración y los desequilibrios que aparecen cuando no se cuida el medio ambiente, y nos recuerda que ya lo denunciaron los profetas en su tiempo.

Para terminar, los tres últimos números hablan acerca de la ternura, que debe ser una virtud central en nuestras relaciones con los demás y también en la familia. La Palabra de Dios confía en las manos del hombre, de la mujer y de los hijos para que conformen una comunión de personas que sea imagen de la unión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

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